En el mundo del liderazgo hablamos mucho sobre aprender, avanzar, desafiar límites y expandir capacidades. Celebramos la adaptabilidad, la evolución profesional, la voluntad de estirar el ritmo y de reinventarse. Sin embargo, hay una parte esencial del crecimiento que rara vez se menciona, porque es incómoda, íntima y profundamente humana: la necesidad de enfrentar nuestras creencias rígidas antes de poder transformarnos.

Satya Nadella lo expresó con una claridad brillante: “Para ejercitar tu mentalidad de crecimiento, necesitas enfrentarte a tu mentalidad fija.”

Esta frase, sencilla en apariencia, encierra una verdad crítica sobre el desarrollo del liderazgo: no se puede evolucionar si no se está dispuesto a ver lo que uno mismo ha dejado de cuestionar.

Los líderes suelen hablar de visión, resiliencia y decisión, pero pocas veces hablan de la rigidez que todos llevamos dentro: historias internas que ya no sirven, certezas que se volvieron cárceles, caminos que seguimos no porque aún tengan sentido, sino porque retroceder parece una derrota.

Crecer no es avanzar sin pausa.
Crecer es tener el coraje de mirar hacia adentro y preguntar:
¿En qué parte de mi liderazgo sigo diciendo “no” sin darme cuenta?

La trampa de la persistencia: cuando avanzar deja de ser progreso

La persistencia es una virtud celebrada en la literatura empresarial. Desde Harvard Business Review hasta McKinsey & Company, encontramos múltiples referencias a su importancia para sostener proyectos difíciles, impulsar la innovación y resistir momentos de incertidumbre.

Pero no toda persistencia es crecimiento.
No toda perseverancia es sabiduría.
Y no todo esfuerzo continuo nos acerca a un mejor resultado.

A veces, aquello que desde fuera parece terquedad heroica es, por dentro, una expresión clara de nuestra mentalidad fija:

Nos aferramos a un plan, una estrategia o una identidad simplemente porque soltarlo se siente como perder.

Persistimos no porque el camino siga siendo válido, sino porque cambiarlo amenaza nuestra narrativa interna:

  • “Si dejo esto, ¿significa que fallé?”
  • “Si cambio de enfoque, ¿qué van a pensar los demás?”
  • “Si renuncio a esta idea, ¿quién soy ahora?”

Cuando la persistencia se convierte en protección emocional, deja de ser un motor de crecimiento y se transforma en un punto ciego.

Y como todo punto ciego, erosiona nuestra capacidad de ver nuevas posibilidades.

La mentalidad fija como dato: un espejo que revela más de lo que oculta

En la conversación sobre crecimiento personal solemos demonizar la mentalidad fija, como si fuera un defecto o una señal de incompetencia.
Pero eso es un error conceptual.

La mentalidad fija es un dato valioso.
Es un indicador emocional que revela:

• Dónde nos sentimos amenazados.
• Dónde anhelamos certezas.
• Dónde dejamos de considerar alternativas.
• Dónde nuestras creencias ya no están alineadas con nuestra realidad.

Es, en esencia, un punto de tensión interna. Una alerta. Un faro.
Cuando un líder siente resistencia, incomodidad o un impulso automático por defender un camino sin cuestionarlo, ese momento no es señal de fracaso: es una invitación.

Una invitación a explorar.
A cuestionar.
A reinterpretar.
A soltar.

Los líderes que logran leer su mentalidad fija como información —y no como amenaza— aumentan notablemente su capacidad de adaptación, su madurez emocional y la calidad estratégica de sus decisiones.

La claridad que llega cuando nos detenemos

En un mundo empresarial que premia la acción constante, detenerse se ha vuelto contracultural. Pero un líder que nunca se detiene nunca se ve.
Y un líder que nunca se ve repite patrones sin darse cuenta.

La claridad no surge del movimiento.
La claridad surge del espacio.
De la pausa que permite observar lo que realmente nos está ocurriendo internamente.

Detenerse para preguntarse:

  • “¿Por qué estoy defendiendo tanto esta idea?”
  • “¿Qué amenaza siento si cambio de rumbo?”
  • “¿Qué creencia estoy protegiendo sin darme cuenta?”
  • “¿Estoy persistiendo por convicción o por miedo?”

Estas preguntas no solo abren posibilidades; desarman rigideces.
Y cuando la rigidez cede, aparece algo esencial en el liderazgo consciente: la capacidad de elegir de nuevo.

La honestidad interior: el acto más exigente del liderazgo moderno

El liderazgo tridimensional —humano, adaptativo y colaborativo— exige un tipo de valentía diferente a la que tradicionalmente se nos ha enseñado. No se trata únicamente de enfrentar crisis externas, sino de enfrentar nuestras realidades internas: creencias, miedos, expectativas, narrativas antiguas y ambiciones heredadas.

La honestidad interior es radical porque desmonta explicaciones fáciles y deja al descubierto aquello que verdaderamente nos dirige:
nuestro deseo de certeza, nuestro miedo al error y nuestra necesidad de identidad.

Reconocer la propia mentalidad fija es una señal profunda de madurez emocional.
No implica debilidad; implica inteligencia.
No implica duda; implica discernimiento.
No implica detenerse; implica elegir avanzar mejor.

Crecer no es agregar: es editar

Existe una idea equivocada de que el crecimiento consiste en sumar: más habilidades, más responsabilidades, más experiencias, más retos.

Pero el crecimiento real rara vez ocurre por acumulación.
Con frecuencia ocurre por eliminación.

Crecer es dejar ir:

  • Caminos que ya no nos representan,
  • Expectativas que ya no son nuestras,
  • Objetivos que fueron válidos en otro capítulo,
  • Relatos internos que ya no sostienen nuestro propósito,
  • Creencias rígidas que limitan nuestra capacidad de ver y decidir.

Solo cuando dejamos espacio —mental, emocional y estratégico— podemos permitir que surja una dirección diferente, más coherente con quien estamos siendo y con el futuro que queremos construir.

El acto más orientado al crecimiento es elegir de nuevo

Crecer no significa decir sí a todo.
Tampoco significa avanzar sin descanso.
Crecer significa, sobre todo, tener la valentía de mirar dónde hemos estado diciendo “no” sin darnos cuenta.
Dónde hemos estado resistiendo, defendiendo o aferrándonos no por convicción, sino por miedo.

La verdadera mentalidad de crecimiento no se activa al aceptar nuevos retos…
sino al identificar la rigidez que nos impide ver opciones mejores.

La pregunta clave para cualquier líder consciente es simple, pero profundamente transformadora:

¿Qué debo soltar hoy para convertirme en el líder que el futuro necesita que sea?

Cuando un líder se atreve a responderla con honestidad, todo cambia: la claridad llega, la estrategia se redefine, el propósito se alinea y la evolución personal se vuelve inevitable.